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	<title>el sitio del paredro</title>
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		<title>125</title>
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		<pubDate>Sat, 13 Jun 2009 17:44:05 +0000</pubDate>
		<dc:creator>admin</dc:creator>
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		<description><![CDATA[La noción de ser como un perro entre los hombres: materia de desganada reflexión a lo largo de dos cañas y una caminata por los suburbios, sospecha creciente de que sólo el alfa da el omega, de que toda obstinación en una etapa intermedia —épsilon, lambda— equivale a girar con un pie clavado en el [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>La noción de ser como un perro entre los hombres: materia de desganada reflexión a lo largo de dos cañas y una caminata por los suburbios, sospecha creciente de que sólo el alfa da el omega, de que toda obstinación en una etapa intermedia —épsilon, lambda— equivale a girar con un pie clavado en el suelo. La flecha va de la mano al blanco: no hay mitad de camino, no hay siglo XX entre el X y el XXX. Un hombre debería ser capaz de aislarse de la especie dentro de la especie misma, y optar por el perro o el pez original como punto inicial de la marcha hacia sí mismo. No hay pasaje para el doctor en letras, no hay apertura para el alergólogo eminente. Incrustados en la especie, serán lo que deben ser y si no no serán nada. Muy meritorios, ni qué hablar, pero siempre épsilon, lambda o pi, nunca alfa y nunca omega. El hombre de que se habla no acepta esas seudo realizaciones, la gran máscara podrida de Occidente. El tipo que ha llegado vagando hasta el puente de la Avenida San Martín y fuma en una esquina, mirando a una mujer que se ajusta una media, tiene una idea completamente insensata de lo que él llama realización, y no lo lamenta porque algo le dice que en la insensatez está la semilla, que el ladrido del perro anda más cerca del omega que una tesis sobre el gerundio en Tirso de Molina. Qué metáforas estúpidas. Pero él sigue emperrado, es el caso de decirlo. ¿Qué busca? ¿Se busca? No se buscaría si ya no se hubiera encontrado. Quiere decir que se ha encontrado (pero esto ya no es insensato, ergo hay que desconfiar. Apenas la dejás suelta, La Razón te saca un boletín especial, te arma el primer silogismo de una cadena que no te lleva a ninguna parte como no sea a un diploma o a un chalecito californiano y los nenes jugando en la alfombra con enorme encanto de mamá). A ver, vamos despacio: ¿Qué es lo que busca ese tipo? ¿Se busca? ¿Se busca en tanto que individuo? ¿En tanto que individuo pretendidamente intemporal, o como ente histórico? Si es esto último, tiempo perdido. Si en cambio se busca al margen de toda contingencia, a lo mejor lo del perro no está mal. Pero vamos despacio (le encanta hablarse así, como un padre a su hijo, para después darse el gran gusto de todos los hijos y patearle el nido al viejo), vamos piano piano, a ver qué es eso de la búsqueda. Bueno, la búsqueda no es. Sutil, eh. No es búsqueda porque ya se ha encontrado. Solamente que el encuentro no cuaja. Hay carne, papas y puerros, pero no hay puchero. O sea que ya no estamos con los demás, que ya hemos dejado de ser un ciudadano (por algo me sacan carpiendo de todas partes, que lo diga Lutecia), pero tampoco hemos sabido salir del perro para llegar a eso que no tiene nombre, digamos a esa conciliación, a esa reconciliación.</p>
<p>Terrible tarea la de chapotear en un círculo cuyo centro está en todas partes y su circunferencia en ninguna, por decirlo escolásticamente. ¿Qué se busca? ¿Qué se busca? Repetirlo quince mil veces, como martillazos en la pared. ¿Qué se busca? ¿Qué es esa conciliación sin la cual la vida no pasa de una oscura tomada de pelo? No la conciliación del santo, porque si en la noción de bajar al perro, de recomenzar desde el perro o desde el pez o desde la mugre y la fealdad y la miseria y cualquier otro disvalor, hay siempre como una nostalgia de santidad, parecería que se añora una santidad no religiosa (y ahí empieza la insensatez), un estado <em>sin diferencia</em>, sin santo (porque el santo es siempre de alguna manera el santo y los que no son santos, y eso escandaliza a un pobre tipo como el que admira la pantorrilla de la muchacha absorta en arreglarse la media torcida), es decir que si hay conciliación tiene que ser otra cosa que un estado de santidad, estado excluyente desde el vamos. Tiene que ser algo inmanente, sin sacrificio del plomo por el oro, del celofán por el cristal, del menos por el más; al contrario, la insensatez exige que el plomo valga el oro, que el más esté en el menos. Una alquimia, una geometría no euclidiana, una indeterminación <em>up to date</em> para las operaciones del espíritu y sus frutos. No se trata de<em> subir</em>, viejo ídolo mental desmentido por la historia, vieja zanahoria que ya no engaña al burro. No se trata de perfeccionar, de decantar, de rescatar, de escoger, de librealbedrizar, de ir del alfa hacia el omega. <em>Ya se está.</em> Cualquiera ya está. El disparo está en la pistola; pero hay que apretar un gatillo y resulta que el dedo está haciendo señas para parar el ómnibus, o algo así.</p>
<p>Cómo habla, cuánto habla este vago fumador de suburbio. La chica ya se acomodó la media, listo. ¿Ves? Formas de la conciliación. <em>Il mio supplizio&#8230;</em> A lo mejor todo es tan sencillo, un tironcito a las mallas, un dedito mojado con saliva que pasa sobre la parte corrida. A lo mejor bastaría agarrarse la nariz y ponérsela a la altura de la oreja, desacomodar una nada la circunstancia. Y no, tampoco así. Nada más fácil que cargarle la romana a lo de afuera, como si se estuviera seguro de que afuera y adentro son las dos vigas maestras de la casa. Pero es que todo está mal, la historia te lo está diciendo, y el hecho mismo de estarlo pensando en vez de estarlo viviendo te prueba que está mal, que nos hemos metido en una desarmonía total que todos nuestros recursos disfrazan con el edificio social, con la historia, con el estilo jónico, con la alegría del Renacimiento, con la tristeza superficial del romanticismo, y así vamos y que nos echen un galgo.</p>
<p>(-44)</p>
<p>[Originalmente publicado en trafalgarsur]</p>
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		<title>91</title>
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		<pubDate>Sun, 07 Jun 2009 23:36:26 +0000</pubDate>
		<dc:creator>admin</dc:creator>
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		<description><![CDATA[Los papeles sueltos en la mesa. Una mano (de Wong). Una voz lee despacio, equivocándose, las t como ganchos, las e incalificables. Apuntes, fichas donde hay una palabra, un verso en cualquier idioma, la cocina del escritor. Otra mano (Ronald). Una voz grave que sabe leer. Saludos en voz baja a Ossip y a Oliveira [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Los papeles sueltos en la mesa. Una mano (de Wong). Una voz lee despacio, equivocándose, las <em>t</em> como ganchos, las <em>e </em>incalificables. Apuntes, fichas donde hay una palabra, un verso en cualquier idioma, la cocina del escritor. Otra mano (Ronald). Una voz grave que sabe leer. Saludos en voz baja a Ossip y a Oliveira que llegan contritos (Babs ha ido a abrirles, los ha recibido con un cuchillo en cada mano). Coñac, luz de oro, la leyenda de la profanación de la hostia, un pequeño De Stäel. Las gabardinas se pueden dejar en el dormitorio. Una escultura de (quizá) Brancusi. En el fondo del dormitorio, perdida entre un maniquí vestido de húsar y una pila de cajas donde hay alambres y cartones. Las sillas no alcanzan, pero Oliveira trae dos taburetes. Se produce uno de esos silencios comparables, según Gênet, al que observan las gentes bien educadas cuando perciben de pronto, en un salón, el olor de un pedo silencioso. Recién entonces Etienne abre el portafolios y saca los papeles.</p>
<p>—Nos pareció mejor esperarte para clasificarlos —dice—. Entre tanto<br />
estuvimos mirando algunas hojas sueltas. Esta bruta tiró un huevo hermosísimo a la basura.<br />
—Estaba podrido —dice Babs.<br />
Gregorovius pone una mano que tiembla visiblemente sobre una de las carpetas. Debe hacer mucho frío en la calle, entonces un coñac doble. El color de la luz los calienta, y la carpeta verde, el Club. Oliveira mira el centro de la mesa, la ceniza de su cigarrillo empieza a sumarse a la que llena el cenicero.<br />
(-82)</p>
<p>[Originalmente enviado por José Selesan]</p>
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		<title>140</title>
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		<pubDate>Fri, 30 Jan 2009 13:59:07 +0000</pubDate>
		<dc:creator>admin</dc:creator>
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		<description><![CDATA[A la espera de algo más excitante, ejercicios de profanación y extrañamiento en la farmacia, entre medianoche y dos de la mañana, una vez que la Cuca se ha ido a dormir-un-sueño-reparador (o antes, para que se vaya: La Cuca persevera, pero el trabajo de resistir con una sonrisa sobradora y como de vuelta las [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>A la espera de algo más excitante, ejercicios de profanación y extrañamiento en la farmacia, entre medianoche y dos de la mañana, una vez que la Cuca se ha ido a dormir-un-sueño-reparador (o antes, para que se vaya: La Cuca persevera, pero el trabajo de resistir con una sonrisa sobradora y como de vuelta las ofensivas verbales de los monstruos, la fatiga atrozmente. Cada vez se va más temprano a dormir, y los monstruos sonríen amablemente al desearle las buenas noches. Más neutral, Talita pega etiquetas o consulta el Index Pharmacorum Gottinga).</p>
<p>Ejercicios tipo: Traducir con inversión maniquea un famoso soneto:</p>
<blockquote><p>El desflorado, muerto y espantoso pasado,<br />
¿habrá de restaurarnos con su sobrio aletazo?</p></blockquote>
<p>Lectura de una hoja de la libreta de Traveler: &#8220;Esperando turno en la peluquería, caer sobre una publicación de la UNESCO y enterarse de los nombres siguientes: Opintotoveri/Työläisopiskelija/Työväenopisto. Parece que son títulos de otras tantas revistas pedagógicas finlandesas. Total irrealidad para el lector. ¿Eso existe? Para millones de rubios, Opintotoberi significa el Monitor de la Educación Común. Para mí&#8230; (Cólera). Pero ellos no saben lo que quiere decir &#8216;cafisho&#8217; (satisfacción porteña). Multiplicación de la irrealidad. Pensar que los tecnólogos prevén que por el hecho de llegar en unas horas a Helsinki gracias al Boeing 707&#8230; Consecuencias a extraer personalmente. Me hace una media americana, Pedro.&#8221;<br />
Formas lingüísticas del extrañamiento. Talita pensativa frente a Genshiryoku Kokunai Jito, que en modo alguno le parece el desarrollo de las actividades nucleares en Japón. Se va convenciendo por superposición y diferenciación cuando su marido, maligno proveedor de materiales recogidos en peluquerías, le muestra la variante Genshiryoku Kaigai Jijo, al parecer desarrollo de las actividades nucleares en el extranjero. Entusiasmo de Talita, convencida analíticamente de que Kokunai = Japón y Kaigai = extranjero. Desconcierto de Matsui, tintorero de la calle Lascano, ante una exhibición poliglótica de Talita que se vuelve, pobre, con la cola entre las piernas.<br />
Profanaciones: a partir de supuestos tales como el famoso verso: &#8220;La perceptible homosexualidad de Cristo&#8221;, y alzar un sistema coherente y satisfactorio. Postular que Beethoven era coprófago, etc. Defender la innegable santidad de Sir Roger Casement, tal como se desprende de <em>The</em> <em>Black Diaries</em>. Asombro de la Cuca, confirmada y comulgante.<br />
De lo que se trata en el fondo es de alienarse por pura abnegación profesional. Todavía se ríen demasiado (no puede ser que Atila juntara estampillas) pero ese <em>Arbeit macht Frei</em> dará sus resultados, créame Cuca. Por ejemplo, la violación del obispo de Fano viene a ser un caso de&#8230;</p>
<p>(-138)</p>
<p>[Originalmente enviado por Sara]</p>
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		<title>32</title>
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		<pubDate>Fri, 30 Jan 2009 13:54:47 +0000</pubDate>
		<dc:creator>admin</dc:creator>
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		<description><![CDATA[Bebé Rocamadour, bebé, mon bebé. Rocamadour : Rocamadour, ya sé que es como un espejo. Estás durmiendo o mirándote los pies. Yo aquí sostengo un espejo y creo que sos vos. Pero no lo creo, te escribo porque no sabes leer. Si supieras no te escribiría o te escribiría cosas importantes. Alguna vez tendré que [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Bebé Rocamadour, bebé, mon bebé. Rocamadour :</p>
<p>Rocamadour, ya sé que es como un espejo. Estás durmiendo o mirándote los pies. Yo aquí sostengo un espejo y creo que sos vos. Pero no lo creo, te escribo porque no sabes leer. Si supieras no te escribiría o te escribiría cosas importantes. Alguna vez tendré que escribirte que te portes bien o que te abrigues. Parece increíble que alguna vez, Rocamadour. Ahora solamente te escribo en el espejo, de vez en cuando tengo que secarme el dedo porque se moja de lágrimas. ¿ Por qué, Rocamadour ? No estoy triste, tu mamá es una pavota, se me fue al fuego el borsch que había hecho para Horacio; vos sabés quién es Horacio, Rocamadour, el señor que el domingo te llevó el conejito de terciopelo y que se aburría mucho porque vos y yo nos estábamos diciendo tantas cosas y él quería volver a París; entonces te pusiste a llorar y él te mostró como el conejito movía las orejas; en ese momento estaba hermoso, quiero decir Horacio, algún día comprenderás, Rocamadour.<br />
Rocamadour, es idiota llorar así porque el borsch se ha ido al fuego. La pieza está llena de remolacha, Rocamadour, te divertirías si vieras los pedazos de remolacha y la crema, todo tirado por el suelo. Menos mal que cuando venga Horacio ya habré limpiado, pero primero tenía que escribirte, llorar así es tonto, las cacerolas se ponen blandas, se ven como halos en los vidrios de la ventana, y ya no se oye cantar a la chica del piso de arriba que canta todo el día Les amants du Havre. Cuando estemos juntos te lo contaré, verás. Puisque la terre est ronde, mon amour t&#8217;en fais pas, mon amour, t&#8217;en fais pas&#8230;Horacio la silba de noche cuando escribe o dibuja. A ti te gustaría, Rocamadour. A vos te gustaría, Horacio se pone furioso porque me gusta hablar de tú como Perico, pero en el Uruguay es distinto. Perico es el señor que no te llevó nada el otro día pero que hablaba tanto de los niños y la alimentación. Sabe muchas cosas, un día le tendrás mucho respeto, Rocamadour, y serás un tonto si le tienes respeto. Si le tenés, si le tenés respeto, Rocamadour.<br />
Rocamadour, madame Irène no está contenta de que seas tan lindo, tan alegre, tan llorón y gritón y meón. Ella dice que todo está muy bien y que eres un niño encantador, pero mientras habla esconde las manos en los bolsillos del delantal como hacen algunos animales malignos, Rocamadour, y eso me da miedo. Cuando se lo dije a Horacio, se reía mucho, pero no se da cuenta de que yo lo siento, y que aunque no haya ningún animal maligno que esconde las manos, yo siento, no sé lo que siento, no lo puedo explicar. Rocamadour, si en tus ojitos pudiera leer lo que te ha pasado en esos quince días, momento por momento. Me parece que voy a buscar otra nourrice aunque Horacio se ponga furioso y diga, pero a ti no te interesa lo que él dice de mí. Otra nourrice que hable menos, no importa si dice que eres malo o que lloras de noche o que no quieres comer, no importa si cuando me lo dice yo siento que no es maligna, que me está diciendo algo que no puede dañarte. Todo es tan raro, Rocamadour, por ejemplo me gusta decir tu nombre y escribirlo, cada vez me parece que te toco la punta de la nariz y que te reís, en cambio madame Irène no te llama nunca por tu nombre, dice l&#8217;enfant, fíjate, ni siquiera dice le gosse, dice l&#8217;enfant, es como si se pusiera guantes de goma para hablar, a lo mejor los tiene puestos y por eso mete las manos en los bolsillos y dice que sos tan bueno y tan bonito.<br />
Hay una cosa que se llama tiempo, Rocamadour, es como un bicho que anda y anda. No te puedo explicar porque eres tan chico, pero quiero decir que Horacio llegará en seguida. ¿ Le dejo leer mi carta para que él también te diga alguna cosa ? No, yo tampoco querría que nadie leyera una carta que es solamente para mí. Un gran secreto entre los dos, Rocamadour. Ya no lloro más, estoy contenta, pero es tan difícil entender las cosas, necesito tanto tiempo para entender un poco eso que Horacio y los otros entienden en seguida, pero ellos que todo lo entienden tan bien no te pueden entender a ti y a mí, no entienden que yo no puedo tenerte conmigo, darte de comer y cambiarte los pañales, hacerte dormir o jugar, no entienden y en realidad no les importa, y a mí que tanto me importa solamente sé que no te puedo tener conmigo, que es malo para los dos, que tengo que estar sola con Horacio, vivir con Horacio, quién sabe hasta cuándo ayudándolo a buscar lo que él busca y que también buscarás, Rocamadour, porque serás un hombre y también buscarás como un gran tonto.</p>
<p>Es así, Rocamadour: En París somos como hongos crecemos en los pasamanos de las escaleras, en piezas oscuras donde huele a sebo, donde la gente hace todo el tiempo el amor y después fríe huevos y pone discos de Vivaldi, enciende los cigarrillos y habla como Horacio y Gregorovius y Wong y yo, Rocamadour, y como Perico y Ronald y Babs, todos hacemos el amor y freímos huevos y fumamos, ah, no puedes saber todo lo que fumamos, todo lo que hacemos el amor, parados, acostados, de rodillas, con las manos, con las bocas, llorando o cantando, y afuera hay de todo, las ventanas dan al aire y eso empieza con un gorrión o una gotera, llueve muchísimo aquí, Rocamadour, mucho más que en el campo, y las cosas se herrumbran, las canaletas, las patas de las palomas, los alambres con que Horacio fabrica esculturas. Casi no tenemos ropa, nos arreglamos con tan poco, un buen abrigo, unos zapatos en lo que no entre el agua, somos muy sucios, todo el mundo es muy sucio y hermoso en París, Rocamadour, las camas huelen a noche y a sueño pesado, debajo hay pelusas y libros, Horacio se duerme y el libro va a parar abajo de la cama, hay peleas terribles porque los libros no aparecen y Horacio cree que se los ha robado Ossip, hasta que un día aparecen y nos reímos, y casi no hay sitio para poner nada, ni siquiera otro par de zapatos, Rocamadour, para poner una palangana en el suelo hay que sacar el tocadiscos, pero donde ponerlo si la mesa está llena de libros. Yo no te podría tener aquí, aunque seas tan pequeño no cabrías en ninguna parte, te golpearías contra las paredes. Cuando pienso en eso me pongo a llorar, Horacio no entiende, cree que soy mala, que hago mal en no traerte, aunque sé que no te aguantaría mucho tiempo. Nadie se aguanta aquí mucho tiempo, ni siquiera tú y yo, hay que vivir combatiéndose, es la ley, la única manera que vale la pena pero duele, Rocamadour, y es sucio y amargo, a ti no te gustaría, tú que ves a veces los corderitos en el campo, o que oyes los pájaros parados en la veleta de la casa. Horacio me trata de sentimental, me trata de materialista, me trata de todo porque no te traigo o porque quiero traerte, porque renuncio, porque quiero ir a verte, porque de golpe comprendo que no puedo ir, porque soy capaz de caminar una hora bajo el agua si en algún barrio que no conozco pasan Potemkin y hay que verlo aunque se caiga el mundo, Rocamadour, porque el mundo ya no importa si uno no tiene fuerzas para seguir eligiendo algo verdadero, si uno se ordena como un cajón de la cómoda y te pone a ti de un lado, el domingo del otro, el amor de la madre, el juguete nuevo, la gare de Montparnasse, el tren, la visita que hay que hacer. No me da la gana de ir, Rocamadour, y tú sabes que está bien y no estás triste. Horacio tiene razón, no me importa nada de ti a veces, y creo que eso me lo agradecerás un día cuando comprendas, cuando veas que valía la pena que yo fuera como soy. Pero lloro lo mismo, Rocamadour, me equivoco, porque a lo mejor soy mala o estoy enferma o un poco idiota, no mucho, un poco pero eso es terrible, la sola idea me da cólicos, tengo completamente metidos para adentro los dedos de los pies, voy a reventar los zapatos si no me los saco, y te quiero tanto, Rocamadour, bebé Rocamadour, dientecito de ajo, te quiero tanto, nariz de azúcar, arbolito, caballito de juguete &#8230;</p>
<p>(-132)</p>
<p>[Originalmente enviado por Lena en Itzpapalotl]</p>
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		<title>111</title>
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		<pubDate>Sat, 03 Jan 2009 02:40:36 +0000</pubDate>
		<dc:creator>admin</dc:creator>
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		<description><![CDATA[Esta narración se la hizo su protagonista, Ivonne Guitry, a Nicolás Díaz, amigo de Gardel en Bogotá. &#8220;Mi familia pertenecía a la clase intelectual húngara. Mi madre era directora de un seminario femenino donde se educaba la élite de una ciudad famosa cuyo nombre no quiero decirle. Cuando llegó la época turbia de la posguerra, [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Esta narración se la hizo su protagonista, Ivonne Guitry, a Nicolás Díaz, amigo de Gardel en Bogotá.</p>
<p>&#8220;Mi familia pertenecía a la clase intelectual húngara. Mi madre era directora de un seminario femenino donde se educaba la <em>élite</em> de una ciudad famosa cuyo nombre no quiero decirle. Cuando llegó la época turbia de la posguerra, con el desquiciamiento de tronos, clases sociales y fortunas, yo no sabía que rumbo tomar en la vida. Mi familia quedó sin fortuna, víctima de las fronteras del Trianón (sic) como otros miles y miles. Mi belleza, mi juventud y mi educación no me permitían convertirme en una humilde dactilógrafa. Surgió entonces en mi vida el príncipe encantador, un aristócrata del alto mundo cosmopolita, de los <em>resorts</em> europeos. Me casé con él con toda la ilusión de la juventud, a pesar de la oposición de mi familia, por ser yo tan joven y él extranjero.<br />
Viaje de Bodas. París, Niza, Capri. Luego, el fracaso de la ilusión. No sabía adónde ir ni osaba a contar a mis gentes la tragedia de mi matrimonio. Un marido que jamás podría hacerme madre. Ya tengo dieciséis años y viajo como una peregrina sin rumbo, tratando de disipar mi pena. Egipto, Java, Japón, el Celeste Imperio, todo el Lejano Oriente, en un carnaval de champagne y de falsa alegría, con el alma rota.<br />
Corren los años. En 1927 nos radicamos definitivamente en la Côte d&#8217;Azur. Yo soy una mujer de alto mundo y la sociedad cosmopolita de los casinos, de los dancings, de las pistas hípicas, me rinde pleitesía.<br />
Un bello día de verano tomé una resolución definitiva: la separación. Toda la naturaleza estaba en flor: el mar, el cielo, los campos se abrían en una canción de amor y festejaban la juventud.<br />
La fiesta de las mimosas en Cannes, el carnaval florido de Niza, la primavera sonriente de París. Así abandoné hogar, lujo y riquezas, y me fui sola hacia el mundo&#8230;<br />
Tenía entonces dieciocho años y vivía sola en París, sin rumbo definido. París de 1928. París de las orgías y el derroche de champán. París de los francos sin valor. París, paraíso del extranjero. Impregnado de yanquis y sudamericanos, pequeños reyes del oro. París de 1928, donde cada día nacía un nuevo cabaret, una nueva sensación que hiciese aflojar la bolsa al extranjero.<br />
Dieciocho años, rubia, ojos azules. Sola en París.<br />
Para suavizar mi desgracia me entregué de lleno a los placeres. En los cabarets llamaba la atención porque siempre iba sola, a derrochar champaña con los bailarines y propinas fabulosas a los sirvientes. No tenía noción del valor del dinero.<br />
Alguna vez, uno de aquellos elementos que merodean siempre en aquel ambiente cosmopolita, descubre mi pena secreta y me recomienda el remedio para el olvido&#8230; Cocaína, morfina, drogas. Entonces empecé a buscar lugares exóticos, bailarines de aspecto extraño, sudamericanos de tinte moreno y opulentas cabelleras.<br />
En aquella época cosechaba éxitos y aplausos un recién llegado, cantante de cabaret. Debutaba en el Florida y cantaba canciones extrañas en un idioma extraño.<br />
Cantaba en un traje exótico, desconocido en aquellos sitios hasta entonces, tangos, rancheras y zambas argentinas. Era un muchacho más bien delgado, un tanto moreno, de dientes blancos, a quien las bellas de París colmaban de atenciones. Era Carlos Gardel. Sus tangos llorones, que cantaba con toda el alma, capturaban al público sin saberse por qué. Sus canciones de entonces &#8211; <em>Caminito, La chacarera, Aquel tapado de armiño, Queja indiana, Entre sueños</em>- no eran tangos modernos, sino canciones de la vieja Argentina, el alma pura del gaucho de las pampas. Gardel estaba de moda. No había comida elegante o recepción galante a que no se le invitase. Su cara morena, sus dientes blancos, su sonrisa fresca y luminosa, brillaba en todas partes. Cabarets, teatros, music-hall, hipódromos. Era un huésped permanente de Auteuil y de Longchamps.<br />
Pero a Gardel le gustaba más que a todo divertirse a su manera, entre los suyos, en el círculo de sus íntimos.<br />
Por aquella época había en París un cabaret llamado &#8220;Palermo&#8221;, en la calle Cliché, frecuentado casi exclusivamente por sudamericanos&#8230; Allí lo conocí. A Gardel le interesaban todas las mujeres, pero a mi no me interesaba más que la cocaína&#8230; y el champán. Cierto que halagaba mi vanidad femenina al ser vista en París con el hombre del día, con el ídolo de las mujeres, pero nada decía a mi corazón.<br />
Aquella amistad se reafirmó en otras noches, otros paseos, otras confidencias, bajo la pálida luna parisién, a través de los campos floridos. Pasaron muchos días de un interés romántico. Ese hombre se me iba entrando en el alma. Sus palabras eran de seda, sus frases iban cavando la roca de mi indiferencia. Me volví loca. Mi pisito lujoso pero triste estaba ahora lleno de luz. No volví a los cabarets. En mi bella sala gris, al fulgor de las farolas eléctricas, una cabecita rubia se acoplaba a un firme rostro de morenos matices. Mi alcoba azul, que conoció todas las nostalgias de un alma sin rumbo, era ahora un verdadero nido de amor. Era mi primer amor.<br />
Voló el tiempo raudo y fugaz. No puedo decir cuánto tiempo pasó. La rubia exótica que deslumbraba a París con sus extravagancias, con sus toiletts derniere cri (sic), con sus fiestas galantes en que el caviar ruso y la champaña formaban el plato de resistencia cotidiana, había desaparecido.<br />
Meses después, los habituales eternos de Palermo, de Florida y de Garón, se enteraban por la prensa de que una bailarina rubia, de ojos azules que ya tenía veinte años, enloquecía a los señoritos de la capital platense con sus bailes etéreos, con su desfachatez inaudita, con toda la voluptuosidad de su juventud en flor.<br />
Era IVONNE GUITRY.<br />
(Etc.)</p>
<p><em> La escuela gardeleana</em>, Editorial Cisplatina, Montevideo.<br />
(-49)</p>
<p>[Originalmente enviado por Teresa]</p>
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		<title>44</title>
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		<pubDate>Sat, 03 Jan 2009 02:34:20 +0000</pubDate>
		<dc:creator>admin</dc:creator>
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		<description><![CDATA[Era cierto que Traveler dormía poco, en mitad de la noche suspiraba como si tuviera un peso sobre el pecho y se abrazaba a Talita que lo recibía sin hablar, apretándose contra él para que la sintiera profundamente cerca. En la oscuridad se besaban en la nariz, en la boca, sobre los ojos, y Traveler [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Era cierto que Traveler dormía poco, en mitad de la noche suspiraba como si tuviera un peso sobre el pecho y se abrazaba a Talita que lo recibía sin hablar, apretándose contra él para que la sintiera profundamente cerca. En la oscuridad se besaban en la nariz, en la boca, sobre los ojos, y Traveler acariciaba la mejilla de Talita con una mano que salía de entre las sábanas y volvía a esconderse como si hiciera mucho frío, aunque los dos estaban sudando; después Traveler murmuraba cuatro o cinco cifras, vieja costumbre para volver a dormirse, y talita lo sentía aflojar los brazos, respirar hondo, aquietarse. De día andaba contento y silbaba tangos mientras cebaba mate o leía, pero Talita no podía cocinar sin que él se apareciera cuatro o cinco veces con pretextos diversos y hablara de cualquier cosa, sobre todo del manicomio ahora que las tratativas parecían bien encaminadas y el Director se embalaba cada vez más con las perspectivas de comprar el loquero. A Talita le hacía poca gracia la idea del manicomio, y Traveler lo sabía. Los dos le buscaban el lado humorístico, prometiéndose espectáculos dignos de Samuel Beckett, despreciando de labios para afuera al pobre circo que completaba sus funciones en Villa del Parque y se preparaba a debutar en San Isidro. A veces Oliveira caía a tomar mate, aunque por lo general se quedaba en su pieza aprovechando que Gekrepten tenía que irse al empleo y él podía leer y fumar a gusto. Cuando Traveler miraba los ojos un poco violeta de Talita mientras la ayudaba a desplumar un pato, lujo quincenal que entusiasmaba a Talita, aficionada al pato en todas sus presentaciones culinarias, se decía que al fin y al cabo las cosas no estaban tan mal como estaban y hasta prefería que Horacio se arrimara a compartir unos mates, porque entonces empezaban inmediatamente a jugar un juego cifrado que apenas comprendían pero que había que jugar para que el tiempo pasara y los tres se sintieran dignos los unos de los otros. También leían, porque de una juventud coincidentemente socialista, y un poco teosófica por el lado de Traveler, los tres amaban cada uno a su manera la lectura comentada, las polémicas por el gusto hispanoargentino de querer convencer y no aceptar jamás la opinión contraria, y las posibilidades innegables de reírse como locos y sentirse por encima de la humanidad doliente so pretexto de ayudarla a salir de su mierdosa situación contemporánea.</p>
<p>Pero era cierto que Traveler dormía mal, Talita se lo repetía retóricamente mientras lo miraba afeitarse iluminado por el sol de la mañana. Una pasad, otra, Traveler en camiseta y pantalón de piyama silbaba prolongadamente <em>La gayola</em> y después proclamaba a gritos: &#8220;¡Música, melancólico alimento para los que vivimos de amor!&#8221;, y dándose vuelta miraba agresivo a Talita que ese día desplumaba el pato y era muy feliz porque los canutos salían que era un encanto y el pato tenía un aire benigno poco frecuente en esos cadáveres rencorosos, con los ojitos entreabiertos y una raja imperceptible como de luz entre los párpados, animales desdichados.</p>
<p>-¡Por qué dormís tan mal, Manú?</p>
<p>-<em>¡Música, me&#8230; </em> ¿Yo, mal? Directamente no duermo, amor mío, me paso la noche meditando el <em>Liber penitentialis</em> edición Macrovius Basca, que le saqué el otro día al doctor Feta aprovechando un descuido de su hermana. Por cierto que se lo voy a devolver, debe costar miles de mangos. Un <em>Liber penitentialis</em>, date cuenta.</p>
<p>-¿Y qué es eso? -dijo Talita que ahora comprendía ciertos escamoteos y un cajón con doble llave-. Vos me escondés tus lecturas, es la primera vez que ocurre desde que nos casamos.</p>
<p>-Ahí está, podés mirarlo todo lo que se te dé la gana, pero siempre que primero te laves las manos. Lo escondo porque es valioso y vos andás siempre con raspas de zanahoria y cosas así en los dedos, sos tan doméstica que arruinarías cualquier incunable.</p>
<p>-No me importa tu libro -dijo Talita ofendida-. Vení a cortarle la cabeza, no me gusta aunque esté muerto.</p>
<p>-Con la navaja -propuso Traveler-. Le va a dar un aire truculento al asunto, y además siempre es bueno ejercitarse, uno nunca sabe.</p>
<p>-No, con este cuchillo que está afilado.</p>
<p>-Con la navaja.</p>
<p>-No, con este cuchillo.</p>
<p>Traveler se acercó navaja en mano al pato y le hizo volar la cabeza.</p>
<p>-Andá aprendiendo -dijo-. Si nos toca ocuparnos del manicomio conviene acumular experiencia tipo doble asesinato de la calle Morgue.</p>
<p>-¿Se matan así los locos?</p>
<p>-No, vieja, pero de cuando en cuando se tiran al lance. Lo mismo que los cuerdos, si me permitís la mala comparación.</p>
<p>-Es vulgar -admitió Talita, organizando el pato en una especie de paralelepípedo sujeto con piolín blanco.</p>
<p>-En cuanto a que no duermo bien -dijo Traveler, limpiando la navaja en un papel higiénico- vos sabés perfectamente de qué se trata.</p>
<p>-Pongamos que sí. Pero vos también sabés que no hay problema.</p>
<p>-Los problemas -dijo Traveler- son como los calentadores Primus, todo está muy bien hasta que revientan. Yo te diría que en este mundo hay problemas teleológicos. Parece que no existen, como en este momento, y lo que ocurre es que el reloj de la bomba marca las doce del día de mañana. Tic-tac, tic-tac, todo va tan bien. Tic-tac.</p>
<p>-Lo malo -dijo Talita- es que el encargado de darle cuerda al reloj sos vos mismo.</p>
<p>-Mi mano, ratita, está también marcada para las doce de mañana. Entre tanto vivamos y dejemos vivir.</p>
<p>Talita untó el pato con manteca, lo que era un espectáculo denigrante.</p>
<p>-¿Tenés algo que reprocharme? -dijo, como si le hablará al palmípedo.</p>
<p>-Absolutamente nada en este momento -dijo Traveler-. Mañana a las doce veremos, para prolongar la imagen hasta su desenlace cenital.</p>
<p>-Cómo te parecés a Horacio &#8211; dijo Talita-. Es increíble cómo te parecés.</p>
<p>-Tic-tac -dijo Traveler buscando los cigarrillos-. Tic-tac, tic-tac.</p>
<p>-Sí, te parecés -insistió Talita, soltando el pato, que se estrelló en el suelo con un ruido fofo que daba asco-. Él también hubiera dicho: Tic-tac, él también hubiera hablado con figuras todo el tiempo. ¿pero es que me van a dejar tranquila? Te digo a propósito que te parecés a él, para que de una vez por todas nos dejemos de absurdos. No puede ser que todo cambie así con la vuelta de Horacio. Anoche se lo dije, ya no puedo más, ustedes están jugando conmigo, es como un partido de tenis, me golpean de los dos lados, no hay derecho, Manú, no hay derecho.</p>
<p>Traveler la tomó en sus brazos aunque Talita se resistía, y después de poner un pie encima del pato y dar un resbalón que casi los manda al suelo, consiguió dominarla y besarle la punta de la nariz.</p>
<p>-A lo mejor no hay bomba para vos, ratita -dijo, sonriéndole con una expresión que aflojó a Talita, la hizo buscar una postura más cómoda entre sus brazos-. Mirá, no es que yo ande buscando que me caiga un refusilo en la cabeza, pero siento que no debo defenderme con un pararrayos, que tengo que salir con la cabeza al aire hasta que sean las doce de algún día. Solamente después de esa hora, de ese día, me voy a sentir otra vez el mismo. No es por Horacio, amor, no es solamente por Horacio aunque él haya llegado como una especie de mensajero. A lo mejor si no hubiese llegado me habría ocurrido otra cosa parecida. Habría leído algún libro desencadenador, o me habría enamorado de otra mujer&#8230; Esos pliegues de la vida, comprendés, esas inesperadas mostraciones de algo que uno no se había sospechado y que de golpe ponen todo en crisis. Tendrías que comprender.</p>
<p>-¿Pero es que vos creés realmente que él me busca, y que yo&#8230;?</p>
<p>-Él no te busca en absoluto -dijo Traveler, soltándola-. A Horacio vos le importás un pito. No te ofendas, sé muy bien lo que valés y siempre estaré celoso de todo el mundo cuando te miran o te hablan. Pero aunque Horacio se tirara un lance con vos, incluso en ese caso, aunque me creas loco yo te repetiría que no le importás, y por lo tanto no tengo que preocuparme. Es otra cosa -dijo Traveler subiendo la voz-. ¡Es malditamente otra cosa, carajo!</p>
<p>-Ah -dijo Talita, recogiendo el pato y limpiándole el pisotón con un trapo de cocina-. Le has hundido las costillas. De manera que es otra cosa. No entiendo nada, pero a lo mejor tenés razón.</p>
<p>-Y si él estuviera aquí -dijo Traveler en voz baja, mirando su cigarrillo- tampoco entendería nada. Pero sabría muy bien que es otra cosa. Increíble, parecería que cuando él se junta con nosotros hay paredes que se caen, montones de cosas que se van al quinto demonio, y de golpe el cielo se pone fabulosamente hermoso, las estrellas se meten en esa panera, uno podría pelarlas y comérselas, ese pato es propiamente el cisne de Lohengrin, y detrás, detrás&#8230;</p>
<p>-¿No molesto? -dijo la señora de Gutusso, asomándose desde el zaguán-. A lo mejor estaban hablando de cosas personales, a mí no me gusta meterme donde no me llaman.</p>
<p>-Valiente -dijo Talita-. Entre nomás, señora, mire qué belleza de animal.</p>
<p>-Una gloria -dijo la señora de Gutusso-. Yo siempre digo que el pato será duro pero tiene su gusto especial.</p>
<p>-Manú le puso un pie encima -dijo Talita-. Va a estar hecho una manteca, se lo juro.</p>
<p>-Póngale la firma -dijo Traveler.</p>
<p style="text-align: right;">(-102)</p>
<p>[Originalmente enviado por Carlos Herrera]</p>
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		<title>142</title>
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		<pubDate>Sat, 03 Jan 2009 02:16:39 +0000</pubDate>
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		<description><![CDATA[1. -No sé cómo era -dijo Ronald-. No lo sabremos nunca. De ella conocíamos los efectos en los demás. Éramos un poco sus espejos, o ella nuestro espejo. No se puede explicar. 2. -Era tan tonta -dijo Etienne-. Alabados sean los tontos, etcétera. Te, juro que hablo en serio, que cito en serio. Me irritaba [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>1.   -No sé cómo era -dijo Ronald-. No lo sabremos nunca. De ella conocíamos los efectos en los demás. Éramos un poco sus espejos, o ella nuestro espejo. No se puede explicar.</p>
<p>2.   -Era tan tonta -dijo Etienne-. Alabados sean los tontos, etcétera. Te, juro que hablo en serio, que cito en serio. Me irritaba su tontería, Horacio porfiaba que era solamente falta de información, pero se equivocaba. Hay una diferencia bien conocida entre el ignorante y el tonto, y cualquiera lo sabe menos el tonto, por suerte para él. Creía que el estudio, ese famoso estudio, le daría inteligencia. Confundía saber con entender. La pobre entendía tan bien muchas cosas que ignorábamos a fuerza de saberlas</p>
<p>3.   -No incurras en ecolalia -dijo Ronald-. Toda esa baraja de antinomias, de polarizaciones. Para mí su tontería era el precio de ser tan vegetal, tan caracol, tan pegada a las cosas más misteriosas. Ahí está, fijate: no era capaz de creer en los nombres, tenía que apoyar el dedo sobre algo y sólo entonces lo admitía. No se va muy lejos así. Es como ponerse de espaldas a todo el occidente, a las Escuelas. Es malo para vivir en una ciudad, para tener que ganarse la vida. Eso la iba mordiendo.</p>
<p>4.   -Sí, sí, pero en cambio era capaz de felicidades infinitas, yo he sido testigo envidioso de algunas. La forma de un vaso, por ejemplo. ¿Qué otra cosa busco yo en la pintura, decime? Matándome, exigiéndome itinerarios abrumadores para desembocar en un tenedor, en dos aceitunas. La sal y el centro del mundo tienen que estar ahí, en ese pedazo del mantel. Ella llegaba y lo sentía. Una noche subí a mi taller, la encontré delante de un cuadro terminado esa mañana. Lloraba como lloraba ella, con toda la cara, horrible y maravillosa. Miraba mi cuadro y lloraba. No fui bastante hombre para decirle que por la mañana yo también había llorado. Pensar que eso le hubiera dado tanta tranquilidad, vos sabés cuánto dudaba, cómo se sentía poca cosa rodeada de nuestras brillantes astucias.</p>
<p>5.   -Se llora por muchas razones -dijo Ronald-. Eso no prueba nada.</p>
<p>6.   -Por lo menos prueba un contacto. Cuántos otros, delante de esa tela, la apreciaron con frases pulidas, recuento de influencias, todos los comentarios posibles <em>en torno. </em>Ves, había que llegar a un nivel donde fuera posible reunir las dos cosas. Yo creo estar ya allí, pero soy de los pocos.</p>
<p>7.   -De pocos será el reino -dijo Ronald-. Cualquier cosa te sirve para que te des bombo.</p>
<p>6.   -Sé que es así -dijo Etienne-. Eso sí lo sé. Pero me ha llevado la vida juntar las dos manos, la izquierda con su corazón, la derecha con su pincel y su escuadra. Al principio era de los que miraban a Rafael pensando en Perugino, saltando como una langosta sobre Leo Battista Alberti, conectando, soldando, Pico por aquí, Lorenzo Valla por allá, pero fijate, Burckhardt dice, Berenson niega, Argan cree, esos azules son sieneses, esos paños vienen de Masaccio. No me acuerdo cuándo, fue en Roma, en la galería Barberini, estaba analizando un Andrea del Sarto, lo que se dice analizar, y en una de esas le<sup>,</sup> vi. No me pidas que explique nada. Lo vi (y no todo el cuadro, apenas un detalle del fondo, una figurita en un camino). Se me saltaron las lágrimas, es todo lo que te puedo decir.</p>
<p>5.   -Eso no prueba nada -dijo Ronald-. Se llora por muchas razones.</p>
<p>4.   -No vale la pena que te conteste. Ella hubiera comprendido mucho mejor. En realidad vamos todos por el mismo camino, sólo que unos empezamos por la izquierda y otros por la derecha. A veces, en el justo medio, alguien ve el pedazo de mantel con la copa, el tenedor, las aceitunas.</p>
<p>3.   -Habla con figuras -dijo Ronald-. Es siempre el mismo.</p>
<p>2.   -No hay otra manera de acercarse a todo lo perdido. lo extrañado. Ella estaba más cerca y lo sentía. Su único error era querer una prueba de que esa cercanía valía todas nuestras retóricas. Nadie podía darle esa prueba, primero porque somos incapaces de concebirla, y segundo porque de una manera u otra estamos bien instalados y satisfechos en nuestra ciencia colectiva. Es sabido que el Littré nos hace dormir tranquilos, está ahí al alcance de la mano, con todas las respuestas. Y es cierto, pero solamente porque ya no sabemos hacer las preguntas que lo liquidarían. Cuando la Maga preguntaba por qué los árboles se abrigaban en verano&#8230; pero es inútil, viejo, mejor callarse.</p>
<p>1.      -Sí, todo eso no se puede explicar -dijo Ronald.</p>
<p align="right">(-34)</p>
<p>[Originalmente en sinvoz.org]</p>
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		<title>95</title>
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		<pubDate>Sat, 03 Jan 2009 02:01:57 +0000</pubDate>
		<dc:creator>admin</dc:creator>
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		<description><![CDATA[En una que otra nota, Morelli se había mostrado curiosamente explícito acerca de sus intenciones. Dando muestra de un extraño anacronismo, se interesaba por estudios o desestudios tales como el budismo Zen, que en esos años era la urticaria de la beat generation. El anacronismo no estaba en eso sino en que Morelli parecía mucho [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>En una que otra nota, Morelli se  había mostrado curiosamente explícito acerca de sus intenciones. Dando muestra  de un extraño anacronismo, se interesaba por estudios o desestudios tales como  el budismo Zen, que en esos años era la urticaria de la beat generation. El  anacronismo no estaba en eso sino en que Morelli parecía mucho más radical y más  joven en sus exigencias espirituales que los jóvenes californianos borrachos de  palabras sánscritas y cerveza en lata. Una de las notas aludía suzukianamente al  lenguaje como una especie de exclamación o grito surgido directamente de la  experiencia interior. Seguían varios ejemplos de diálogos entre maestros y  discípulos, por completo ininteligibles para el oído racional y para toda lógica  dualista y binaria, así como de respuestas de los maestros a las preguntas de  sus discípulos, consistentes por lo común en descargarles un bastón en la  cabeza, echarles un jarro de agua, expulsarlos a empellones de la casa o, en el  mejor de los casos repetirles la pregunta en la cara. Morelli parecía moverse a  gusto en ese universo aparentemente demencial, y dar por supuesto que esas  conductas magistrales constituían la verdadera lección, el único modo de abrir  el ojo espiritual del discípulo y revelarle la verdad. Esa violenta  irracionalidad le parecía natural, en el sentido de que abolía las estructuras  que constituyen la especialidad del Occidente, los ejes donde pivota el  entendimiento histórico del hombre y que tienen en el pensamiento discursivo (e  incluso en el sentimiento estético y hasta poético) su instrumento de elección.  El tono de las notas (apuntes con vistas a una mnemotecnia o aun fin no bien  explicado) parecía indicar que Morelli estaba lanzado a una aventura análoga en  la obra que penosamente había venido escribiendo y publicando en esos años. Para  algunos de sus lectores (y para él mismo) resultaba irrisoria la intención de  escribir una especie de novela prescindiendo de las articulaciones lógicas del  discurso. Se acababa por adivinar como una transacción, un procedimiento {aunque  quedara en pie el absurdo de elegir una narración para fines que no parecían  narrativos) * .</p>
<hr />
<p align="justify">* ¿Por qué no? La pregunta se la  hacía el mismo Morelli en un papel cuadriculado en cuyo margen había una lista  de legumbres, probablemente un memento buffandi. Los profetas, los místicos, la  noche oscura del alma: utilización frecuente del relato en forma de apólogo o  visión. Claro que una novela. ..Pero ese escándalo nacía más de la manía  genérica y clasificatoria del mono occidental que de una verdadera contradicción  interna ** .</p>
<p align="justify">
** Sin contar que cuanto más violenta fuera la contradicción interna, más  eficacia podría dar a una, digamos, técnica al modo Zen. A cambio del bastonazo  en la cabeza, una novela absolutamente antinovelesca, con el escándalo y el  choque consiguiente, y quizá con una apertura para los más avisados *** .</p>
<p align="justify">
*** Como esperanza de esto último, otro papelito continuaba la cita suzukiana en  el sentido de que la comprensión del extraño lenguaje de los maestros significa  la comprensión de sí mismo por parte del discípulo y no la del sentido de ese  lenguaje. Contrariamente a lo que podría deducir el astuto filólogo europeo, el  lenguaje del maestro Zen trasmite ideas y no sentimientos o intuiciones. Por eso  no sirve en cuanto lenguaje en sí, pero como la elección de las frases proviene  del maestro, el misterio se cumple en la región que le es propia y el discípulo  se abre a sí mismo, se comprende i y la frase pedestre se vuelve llave **** .</p>
<p align="justify">
**** Por eso Etienne, que había estudiado analíticamente los trucos de Morelli  {cosa que a Oliveira le hubiera parecido una garantía de fracaso) creía  reconocer en ciertos pasajes del libro, incluso en capítulos enteros, una  especie de gigantesca amplificación ad usum homo sapiens de ciertas bofetadas  Zen. A esas partes del libro Morelli las llamaba «arquepítulos» y «capetipos»,  adefesios verbales donde se adivinaba una mezcla no por nada joyciana. En cuanto  a lo que tuvieran que hacer ahí los arquetipos, era tema de desasosiego para  Wong y Gregorovius *****.</p>
<p align="justify">
***** Observación de Etienne: De ninguna manera Morelli parecía querer treparse  al árbol bodhi, al Sinaí o a cualquier plataforma revelatoria. No se proponía  actitudes magistrales desde las cuales guiar al lector hacia nuevas y verdes  praderas. Sin servilismo {el viejo era de origen italiano y se encaramaba  fácilmente al do de pecho, hay que decirlo) escribía como si él mismo, en una  tentativa desesperada y conmovedora, imaginara al maestro que debería  iluminarlo. Soltaba su frase Zen, se quedaba escuchándola -a veces a lo largo de  cincuenta páginas, el muy monstruo-, hubiera sido absurdo y de mala fe sospechar  que esas páginas estaban orientadas a un lector. Si Morelli las publicaba, era  en parte por su lado italiano (&#8220;Ritorna vincitor!&#8221;) y en parte porque estaba  encantado de lo vistosas que le resultaban. ******</p>
<p align="justify">
****** Etienne veía en Morelli al perfecto occidental, al colonizador. Cumplida  su modesta cosecha de amapolas búdicas, se volvía con las semillas al Quartier  Latin. Si la revelación última era lo que quizá lo esperanzaba más, había que  reconocer que su libro constituía ante todo una empresa literaria, precisamente  porque se proponía como una destrucción de formas (de fórmulas) literarias.  *******</p>
<p>******* También era occidental, dicho sea en su alabanza, por la convicción  humana de que no hay salvación individual posible, y que las faltas de uno  manchan a todos y viceversa. Quizá por eso (pálpito de Oliveira) elegía la forma  novela para sus andanzas y además publicaba lo que iba encontrando o  desencontrando.</p>
<p>[Originalmente enviado por Mandala]</p>
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		<title>45</title>
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		<pubDate>Fri, 02 Feb 2007 11:23:22 +0000</pubDate>
		<dc:creator>admin</dc:creator>
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		<description><![CDATA[Era natural pensar en que él estaba esperando que se asomara a la ventana. Bastaba despertarse a las dos de de la mañana, con un calor pegajoso, con el humo acre de la espiral matamosquitos, con dos estrellas enormes plantadas en el fondo de la ventana, con la otra ventana enfrente que también estarí­a abierta. [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Era natural pensar en que él estaba esperando que se asomara a la ventana. Bastaba despertarse a las dos de de la mañana, con un calor pegajoso, con el humo acre de la espiral matamosquitos, con dos estrellas enormes plantadas en el fondo de la ventana, con la otra ventana enfrente que también estarí­a abierta.</p>
<p>Era natural porque en el fondo el tablón seguí­a estando ahí­, y la negativa a pleno sol podí­a quizá ser otra cosa a plena noche, virar a una aquiescencia súbita, y entonces él estarí­a allí­ en su ventana, fumando para espantar los mosquitos y esperando que Talita sonámbula se desgajara suavemente del cuerpo de Traveler para asomarse y mirarlo de oscuridad a oscuridad. Tal vez con lentos movimientos de la mano él dibujarí­a signos con la brasa del cigarrillo. Triángulos, circunferencias, instantáneos escudos de armas, sí­mbolos del filtro fatal o de la difenilpropilamina, abreviaciones farmacéuticas que ella sabrí­a interpretar, o solamente un vaivén luminoso de la boca al brazo del sillón, del brazo del sillón a la boca, de la boca al brazo del sillón, toda la noche.</p>
<p>No habí­a nadie en la ventana. Traveler se asomo al pozo caliente, miró la calle donde un diario abierto se dejaba leer indefenso por un cielo estrellado y como palpable. La ventana del hotel de enfrente parecí­a todaví­a más próxima de noche, un gimnasta hubiera podido llegar de un salto. No, no hubiera podido. Tal vez con la muerte en los talones, pero no de otra manera. Ya no quedaban huellas del tablón, no habí­a paso.</p>
<p>Suspirando Traveler se volvió a la cama. A una pregunta soñolienta de Talita, le acaricio el pelo y murmuró cualquier cosa. Talita besó el aire. manoteó un poco, se tranquilizó.<br />
Si él habí­a estado en alguna parte del pozo negro, metido en el fondo de la pieza y desde allí­ mirando por la ventana, tení­a que haber visto a Traveler, su camiseta blanca como un ectoplasma. Si él habí­a estado en alguna parte del pozo negro esperando que Talita se asomara, la aparición indiferente de una camiseta blanca debí­a haberlo mortificado minuciosamente. Ahora se rascarí­a despacio el antebrazo, gesto usual de incomodidad y resentimiento en él, aplastarí­a el cigarrillo entre los labios, murmurarí­a alguna obscenidad adecuada, probablemente se tirarí­a en la cama sin ninguna consideración hacia Gekrepten profundamente dormida.</p>
<p>Pero si él no habí­a estado en alguna parte del pozo negro, el echo de levantarse y salir a la ventana a esa hora de la noche era una admisión de miedo, casi un un asentimiento. Prácticamente equivalí­a a dar por sentado que ni Horacio ni él habí­an retirado los tablones. De una manera u otra habí­a pasaje, se podí­a ir o venir. Cualquiera de los tres, sonámbulos, podí­a pasar de ventana a ventana, pisando el aire espeso sin temor de caerse a la calle. El puente sólo desaparecerí­a con la luz de la mañana, con la reaparición del café con leche que devuelve a las construcciones sólidas y arranca la telaraña de las altas horas a manotazos de boletí­n radial y ducha frí­a.</p>
<p>Sueños de Talita: La llevan a una exposición de pintura en un inmenso palacio en ruinas, y los cuadros colgaban a alturas vertiginosas, como si alguien hubiera convertido en museo las prisiones de Piranesi. Y así­ para llegar a los cuadros habí­a que trepar por arcos donde apenas las entalladuras permití­an apoyar los dedos de los pies, avanzar por galerí­as que se interrumpí­an al borde de un mar embravecido, con olas como de plomo, subir por escaleras de caracol para finalmente ver, siempre mal, siempre desde abajo o de costado, los cuadros en los que la misma mancha blanquecina, el mismo coágulo de tapioca o de leche se repetí­a al infinito.</p>
<p>Despertar de Talita: Sentándose de golpe en la cama, a las nueve de la mañana, sacudiendo a Traveler que duerme boca abajo, dándole de palmadas en el trasero para que despierte. Traveler estirando una mano y pellizcándole una pierna, Talita echándose sobre él y tirándole del pelo. Traveler abusando de su fuerza, retorciéndole la mano hasta que Talita pide perdón. Besos, un calor terrible.</p>
<p>-Soñé con un museo espantoso. Vos me llevabas.<br />
-Detesto la oniromancia. Cebá mate, bicho.<br />
-­¿Por qué te levantaste anoche? No era para hacer pis, cuando te levantás para hacer pis me lo explicás primero como si fuera estúpida, me decí­s: ­«Me voy a levantar por que no puedo aguantar más­», y yo te tengo lástima porque yo aguanto muy bien toda la noche, ni siquiera tengo que aguantar, es un metabolismo diferente.<br />
-­¿Un qué?<br />
-Decime por qué te levantaste. Fuiste hasta la ventana y suspiraste.<br />
-Hací­a calor.<br />
-Decí­ por qué te levantaste.<br />
-Por nada, por ver si Horacio estaba también insomne, así­ charlábamos un rato.<br />
-­¿A esa hora? Si apenas hablan de dí­a, ustedes dos.<br />
-Hubiera sido distinto, a lo mejor. Nunca se sabe.<br />
-Soñé con un museo horrible -Dice Talita, empezando a ponerse un slip.<br />
-Ya me explicaste -dice Traveler, mirando el cielo raso.<br />
-Tampoco nosotros hablamos mucho ahora -Dice Talita.<br />
-Cierto. Es la humedad.<br />
-Pero parecerí­a que algo habla, algo que nos utiliza para hablar. ­¿No tenés esa sensación? ­¿No te parece que estamos como habitados? Quiero decir&#8230; Es difí­cil, realmente.<br />
-Transhabitados mas bien. Mirá, esto no me va a durar siempre. No te aflijas / Catalina -canturrea Traveler-, ya vendrán tiempos mejores / y te pondré un comedor .<br />
-Estúpido -Dice Talita besándolo en la oreja-. Esto no va a durar siempre, esto no va a durar siempre&#8230; Esto no deberí­a durar ni un minuto más.<br />
-Las amputaciones violentas son malas, después te duele el muñón toda la vida.<br />
-Si querés que te diga la verdad -dice Talita- tengo la impresión de que estamos criando arañas o ciempiés. Las cuidamos, las atendemos, y van creciendo, al principio eran unos bichitos de nada, casi lindos, con tantas patas, y de golpe han crecido, te saltan a la cara. Me parece que también soñé con arañas, me acuerdo vagamente.<br />
-Oí­lo a Horacio -dice Traveler, poniéndose los pantalones-. A esta hora silba como loco para festejar la partida de Gekrepten. Qué tipo.</p>
<p>[Originalmente enviado por Man de rayuelafotoblog]</p>
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		<pubDate>Fri, 02 Feb 2007 11:17:09 +0000</pubDate>
		<dc:creator>admin</dc:creator>
				<category><![CDATA[Todos los capítulos]]></category>

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		<description><![CDATA[Y es así­ cómo los que nos iluminan son los ciegos.­ Así­ es cómo alguien, sin saberlo, llega a mostrarte irrefutablemente un camino que por su parte serí­a incapaz de seguir. La Maga no sabrá nunca cómo su dedo apuntaba hacia la fina raya que triza el espejo, hasta qué punto ciertos silencios, ciertas atenciones [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Y es así­ cómo los que nos iluminan son los ciegos.<span><span>­  </span>Así­ es cómo alguien, sin saberlo, llega a mostrarte irrefutablemente un camino que por su parte serí­a incapaz de seguir. La Maga no sabrá nunca cómo su dedo apuntaba hacia la fina raya que triza el espejo, hasta qué punto ciertos silencios, ciertas atenciones absurdas, ciertas carreras de ciempiés deslumbrado eran el santo y seña para mi bien plantado estar en mi mismo, que no era estar en ninguna parte. En fin, eso de la fina raya&#8230; Si quieres ser feliz como me dices / No poetices, Horacio, no poetices.</span></p>
<p><span><span>­  </span>Visto objetivamente: Ella era incapaz de mostrarme nada dentro de mi terreno, incluso en el suyo giraba desconcertada, tanteando, manoteando. Un murciélago frenético, el dibujo de la mosca en el aire de la habitación. De pronto, para mi sentado ahí­ mirándola, un indicio, un barrunto. Sin que ella lo supiera, la razon de sus lágrimas o el orden de sus compras o su manera de freir las papas eran <em>signos</em>. Morelli hablaba de algo así­ cuando escribí­a: &#8220;Lectura de Heisenberg hasta mediodí­a, anotaciones, fichas. El niño de la portera me trae el correo, y hablamos de un modelo de avión que está armando en la cocina de su casa. Mientras me cuenta, da dos saltitos sobre el pie izquierdo. Le pregunto por qué dos y tres, y no dos y dos o tres y tres. Me mira sorprendido, no comprende. Sensación de que Heisenberg y yo estamos del otro lado de un territorio. Mientras que el niño sigue todaví­a a caballo, con un pie en cada uno, sin saberlo, y que pronto no estará más que de nuestro lado y toda comunicación se habrá perdido. ­¿Comunicación con qué, para qué? En fin, sigamos leyendo; a lo mejor Heisenberg&#8230;</span></p>
<p>[Originalmente enviado­ por Anais, de cronopios y flamencos]</p>
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