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Una de las veces en que se encontraron en el barrio latino, Pola estaba mirando la vereda y medio mundo miraba la vereda. Hubo que pararse y contemplar a Napoleón de perfil, al lado de una excelente reproducción de Chartres, y un poco más lejos una yegua con su potrillo en un campo verde. Los autores eran dos muchachos rubios y una chica indochina. La caja de tizas estaba llena de monedas de diez y veinte francos. De cuando en cuando uno de los artistas se agachaba para perfeccionar algún detalle, y era fácil advertir que en ese momento aumentaba el número de dádivas.

– Aplican el sistema Penélope, pero sin destejer antes -dijo Oliveira-. Esa señora, por ejemplo, no aflojó los cordones de la faltriquera hasta que la pequeña Tsong Tsong se tiró al suelo para retocar a la rubia de ojos azules. El trabajo los emociona, es un hecho.

– ­¿Se llama Tsong Tsong? -preguntó Pola.

– Qué se yo. Tiene lindos tobillos.

– Tanto trabajo y esta noche vendrán los barrenderos y se acabó.

– Justamente ahí­ está lo bueno. De las tizas de colores como figura escatológica, tema de tesis. Si las barredoras municipales no acabaran con todo eso al amanecer, Tsong Tsong vendrí­a en persona con un balde de agua. Sólo termina de veras lo que recomienza cada mañana. La gente echa monedas sin saber que la están estafando, porque en realidad estos cuadros no se han borrado nunca. Cambian de vereda o de color, pero ya están hechos en una mano, una caja de tizas, un astuto sistema de movimientos. En rigor, si uno de estos muchachos se pasara la mañana agitando los brazos en el aire, merecerí­a diez francos con el mismo derecho que cuando dibuja a Napoleón. Pero necesitamos pruebas. Ahí­ están. Echales veinte francos, no seas tacaña.

– Ya les di antes que llegaras.

– Admirable. En el fondo esas monedas las ponemos en la boca de los muertos, el óbolo propiciatorio. Homenaje a lo efí­mero, a que esa catedral sea un simulacro de tiza que un chorro de agua se llevará en un segundo. La moneda está ahí­, y la catedral renacerá mañana. Pagamos la inmortalidad, pagamos la duración. No money, no cathedral. ­¿Vos también sos de tiza?

Pero Pola no le contestó, y él le puso el brazo sobre los hombros y caminaron Boul´Mich´ abajo y Boul´Mich´ arriba, antes de irse vagando lentamente hacia la rue Dauphine. Un mundo de tizas de colores giraba en torno y los mezclaba en su danza, papas fritas de tiza amarilla, vino de tiza roja, un pálido y dulce cielo de tiza celeste con algo de verde por el lado del rí­o. Una vez más echarí­an la moneda en la caja de cigarros para detener la fuga de la catedral, y con su mismo gesto la condenarí­an a borrarse para volver a ser, a irse bajo el chorro de agua para retornar tizas tras tizas negras y azules y amarillas. La rue Dauphine de tiza gris, la escalera aplicadamente tizas pardas, la habitación con sus lí­neas de fuga astutamente tendidas con tiza verde claro, las cortinas de tiza blanca, la cama con su poncho donde todas las tizas ­¡viva México!, el amor, sus tizas hambrientas de un fijador que las clavara en el presente, amor de tiza perfumada, boca de tiza naranja, tristeza y hartura de tizas sin color girando en un polvo imperceptible, posándose en las caras dormidas, en la tiza agobiada de los cuerpos.

– Todo se deshace cuando lo agarrás, hasta cuando lo mirás -dijo Pola-. Sos como un ácido terrible, te tengo miedo.

– Hacés demasiado caso de unas pocas metáforas.

– No es solamente que lo digas, es una manera de… No se, como un embudo. A veces me parece que me voy a ir resbalando entre tus brazos y que me voy a caer en un pozo. Es peor que soñar que uno se cae en el vací­o.

– Tal vez -dijo Oliveira- no estás perdida del todo.

– Oh, dejame tranquila. Yo sé vivir, entendés. Yo vivo muy bien como vivo. Aquí­, con mis cosas y mis amigos.

– Enumerá, enumerá. Eso ayuda. Sujetate a los nombres, así­ no te caés. Ahí­ está la mesa de luz, la cortina no se ha movido de la ventana, Claudette sigue en el mismo número, DAN-ton 34 no se cuántos, y tu mamá te escribe desde Aix-en-Provence. Todo va bien.

– Me das miedo, monstruo americano -dijo Pola apretándose contra él-. Habí­amos quedado en que en mi casa no se iba a hablar de…

– De tizas de colores.

– De todo eso.

Oliveira encendió un Gauloise y miró el papel doblado sobre la mesa de luz.

– ­¿Es la orden para los análisis?

– Si, quiere que me los haga hacer enseguida. Tocá aquí­, está peor que la semana pasada.

Era casi de noche y Pola parecí­a una figura de Bonnard, tendida en la cama que la última luz de la ventana envolví­a en un verde amarillento. “La barredora del amanecer”, pensó Oliveira inclinándose para besarla en un seno, exactamente donde ella acababa de señalar con un dedo indeciso. “Pero no suben hasta el cuarto piso, no se ha sabido de ninguna barredora ni regadora que suba hasta un cuarto piso. Aparte de que mañana vendrí­a el dibujante y repetirí­a exactamente lo mismo, esta curva tan fina en la que algo…” Consiguió dejar de pensar, consiguió por apenas un instante besarla sin ser más que su propio beso.

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[Este capí­tulo fue enviado por Alicia Soler]